Misceláneas

Bolero en 6 tiempos

Jorge Díaz Untiveros
image_pdfimage_print

I
El bolerista canta desde lo más hondo de su propio estropicio. Erige castillos de arena que derriba con gracia rufiana; enamora y bebe. Solo él sabe el sendero de la madeja mágica de lo propio. Solo él sabe de amores a deshora y deshonra.

Hola soledad.

II
Daniel Santos se materializa desde una botella. Como si fuera el genio de la lámpara, lo imagino mitad hombre-mitad humo de cigarrillo, entre carmines rebosantes y piernas casi convencidas. Él es el jefe, qué duda cabe. Es una huella de dinosaurio en la acera,  el pirata enamorado, un animal de mitología, el más sobrio de los ebrios. En el imaginario pervive como el viejo dandy venido a menos, como el más majestuosos de los desposeídos; demonio intacto, es el hombre que al fin ya al cabo cuenta las heridas de amor como galones y luego sonríe.

III
Me vienen unas ganas locas de adentrarme en la vieja Lima. De repente, el olor a la fritanga del Rímac y la tristeza roja de los perros de La Colmena, son mi comparsa.
Vienen ganas de un Sol y Sombra en el Zela. Ganas de Valdelomares, de Karamandukas, de Huaticas, de tiempos que no son los míos. Como habrá gozado Federico More mi ciudad y qué decir de los colónidos, la juventud obrera y aquellos octogenarios arrechones que vieron (y olieron) las curvas de Betty Di Roma o Anacaona.
Yun bolero de Nelson Pinedo, de Rolando La Serie, del  Beny y otra vez (como pesado hipo) el gobierno de algún milico caudillo siempre verde… por dentro y por fuera.

IV
En el juego de la vida juega el grande y juega el chico. Abro otra botella de ron y converso con mi tío abuelo acerca de la mítica época de los cincuentas y sesentas. El Perú caminaba de puntillas y se llenaba de hijos. Lima, con ínfulas de esclava, aún extraña la mano del amo, del gamonal bufante que decida por ella pero sin ella. Mientras en la peluquería de barrio estrenaban el peinado Charlton Heston.
Eran otros tiempos hijo. Dice el viejo y sorbe otro poco de ron. Vieras como bailaba yo los boleros, insiste. Lo de los arrumacos nunca fue lo mío, concluye.

V
Por mi parte nunca aprendí a bailar boleros pero de seguro que lo haría muy bien, puesto que al igual que el blues, el prerrequisito para adentrarse en el mundo del bolero es andar medio jodido, con esa melancolía absurda que muchas veces funge de lazarillo y no pocas de tea.

VI
Mi tío abuelo  se va a dormir y se lleva con él esa Lima que nunca fue mía. Lima bisagra entre el sueño urbano y  la posguerra.
Sigo imaginando aquella época e insisto en creer que como Lima es una ciudad descabellada, quizás quede algún reducto de esos de antaño, de sombreros de fieltro, de camisas floreadas de seda, de tornamesas Telefunken.
Por Youtube pongo un playlist de boleros. Ahora cantan Los Panchos hasta el paroxismo «Lo dudo, lo dudo, lo dudo».

Curiosa coincidencia.

Comentarios de Facebook

commentarios

Acerca del autor

Jorge Díaz Untiveros

Jorge Díaz Untiveros

Deja un comentario